Matilde Serao

En el pueblo de Jesús. Recuerdos de un viaje a Palestina, Nápoles 1907

Matilde Serao (Patrasso, 1856 – Nápoles, 1927), periodista italiana que unió su capacidad narrativa al amor por la crónica, realizó su viaje a Palestina en la primavera de 1893 y publicó sus memorias en el libro “En el pueblo de Jesús. Recuerdos de un viaje a Palestina”, en el que recogió sus impresiones y recuerdos definiéndose “una viajera sentimental” “que quiere ver palpitar el alma de los pueblos que atraviesa”. En este fragmento elegido, la Serao describe la Jerusalén de finales del Ochocientos con su multitud de razas y religiosos que acuden al Sepulcro.

“Es un continuo ir y venir de hombres con turbante, con fez, con gorra, con sombrero, vestidos como turcos, como árabes, como egipcios, como europeos, ricos, pobres, mendigos, a veces tan sucios y tan impresentables que inspiran repulsión y piedad, y en el Sepulcro todos curvan la persona, doblan las rodillas; y todos los religiosos, desde los tranquilos y buenos franciscanos hasta los blancos dominicos, desde los sacerdotes griegos en hábito negro hasta los sacerdotes armenios con la gran capucha de seda negra, donde parpadean ciertos ojos vívidos y donde ondea una gran barba negra, desde los sacerdotes misionarios latinos hasta las Hermanas de San José, desde los europeos establecidos en Jerusalén, vestidos de oscuro y haciendo una vida casi monacal, no hay quien no venga a saludar, al alba, al atardecer, al anochecer, la toma del Señor. Gente blanca, gente oscura, gente negra, árabes, europeos, negros, abisinios, siriacos, griegos, nadie osa pasar delante de la gran puerta en ojiva sin ser misteriosamente atraído por entrar en la iglesia y besar aquella piedra”.

“Todos los niños de Sionne se encuentran cada día, en un pueril y tierno peregrinaje, para venerar infantilmente la piedra que encerró al protector de los niños, ¡el buen Jesús! Recuerdo: un día llegó uno, pequeñísimo. Oscuro, oscuro, fino, no llevaba más que una toniquita amarilla y roja, con una cinta atada a la cintura: estaba descalzo y se reía. Pero era muy pequeño para poder llegar a besar la piedra de la sepultura, saltó, riéndose, dos veces para alcanzar el Sepulcro, pero cayó hacia atrás: era muy pequeño. Entonces lo cogí en brazos y él, tan contento, se estiró sobre la lápida, la besó rápidamente con muchos pequeños besos sonoros. Yalla, yalla (¡vamos! ¡Vamos!) le gritó en árabe el sacerdote armenio que velaba el Sepulcro; pero el sacerdote también sonreía. Y mientras el pequeño escapaba sin hacer ruido, con los pies descalzos, el sacerdote armenio lo bendijo, con un golpe de aspersorio y un poco de agua de rosas”.
(M.Serao, Nel paese di Gesù, Napoli 1907, pp. 81-82)