Mons. Jacques Mislin

Los lugares Santos. Peregrinaje a Jerusalén, 1858

Mons. Jacques Mislin (Porrentruy 1807 – Viena 1878), de orígenes alsacianas, visitó la Tierra Santa en 1848 y en 1855, un viaje que describió en su libro estampado tres años después, y seguidamente traducido en diferentes idiomas y por el que recibió muchas condecoraciones. En su viaje acompañó al duque Leopoldo di Bragant, futuro rey de Bélgica, junto con su mujer.

“A la puerta de Jaffa o de los Peregrinos, algunos soldados turcos intentaron someternos a no sé qué formalidad, y mientras el intérprete disputaba con ellos, penetramos en la ciudad dirigiéndonos al convento de San Salvador, donde llegamos a las cuatro de la tarde. Nos recibieron los padres franciscanos con la bondad, amabilidad y con todas las consideraciones imaginables; a monseñor Pompallier y a mí nos cedieron dos celdas, y los compañeros fueron hospedados en la Casa Nueva, propiedad del convento, del cual la separa una estrecha calle. Dos religiosos vinieron a ponerse a nuestra disposición: padre Lorenzo, piamontés, y padre José, español”.

“En cuanto estuve instalado en la celdilla, deseé ante todo visitar el Santo Sepulcro; mas padre Lorenzo me advirtió que se requería el permiso de los turcos y no era posible obtenerlo hasta el siguiente día”.

“¡Con qué ansiedad contemplaba yo la multitud de objetos que vivamente me interesaban, objetos que siempre había visto con la imaginación y que al presente contemplaba con mis propios ojos! ¡Con que estoy en Jerusalén! Me decía; he allí la iglesia del Santo Sepulcro, el huerto de los Olivos, la gruta de Jeremías, el torrente de Cedron… Mi corazón suspiraba por estos lugares; si me hubiera encontrado solo, ¡cuánto tiempo los contemplara!
Cuando regresé al convento me comunicaron que ya podía ir al Santo Sepulcro, y por lo tanto salí al momento en compañía de padre Lorenzo. A los cinco minutos ya estaba prosternado ante el Sepulcro del Salvador… ¡He aquí el lugar donde le pusieron…! Ecce locus, ubi posuerunt eum (Marc. XVI, 9).

Después una vida agitada, de ocuparse mucho tiempo en tantos objetos que disipando el alma la desvían de Dios, hallarse de súbito con el pensamiento tan fijo en Dios, con las vivas cuanto puras emociones de la niñez, es el deleite más suave que experimentarse puede”.

“Regresé al convento para escribir a los que en Europa me acompañaban con el pensamiento en mi peregrinación, pues habiendo alcanzado el objeto de mis afanes, debía hacer partícipes de tanta dicha a mis amigos. Me preparé en seguida para visitar en los días sucesivos, metódicamente y con fruto, cuanto en Jerusalén me interesaba”.


Mislin, La Tierra Santa. Peregrinación a Jerusalén, 1863, tomo II, Cap. XVII, pp. 299-301