Los disípulos escondidos

Una vez constatada la muerte de Jesús lo lógico sería que las personas encargadas por las autoridades judías exigiesen el descendimiento del cuerpo de Jesús de la cruz y la consiguiente sepultura en un sepulcro común reservado a los malhechores ajusticiados.
Sin embargo, los hechos se desarrollan de forma distinta porque, en este punto, desaparecen las autoridades judías y se presenta un amigo de Jesús, José de Arimatea, personaje hasta entonces desconocido por los lectores del evangelio pero que debía de ser bastante notorio entre los primeros cristianos.
José de Arimatea es el personaje clave de todo el episodio. Los relatos evangélicos lo presentan con gran relieve desde punto de vista social y religioso: hombre rico, miembro autorizado del sanedrín que no había compartido la decisión contra Jesús, que esperaba el reino de Dios y era discípulo de Jesús.
En este punto, Juan hace intervenir a otro discípulo singular de Jesús que se asocia con José. Se trata de Nicodemo que, en los comienzos del ministerio de Jesús, había ido a buscarlo de noche y de él había recibido el anuncio de la vida nueva de lo alto.
Los dos ilustres personajes, pertenecientes al sanedrín y discípulos escondidos de Jesús, impulsados por la suprema demostración de amor de su Maestro, salen de las sombras revestidos de un valor extraordinario.
Se manifiestan abiertamente discípulos del Crucificado y cada uno le ofrece un don: Nicodemo, los aceites preciosos y los perfumes para la unción, y José su tumba nueva. Los evangelios les han entregado, para siempre, al recuerdo y veneración de los cristianos. La Iglesia de Jerusalén y los cristianos de Tierra Santa hacen memoria de José de Arimatea y de Nicodemo cada 31 de agosto.


En los relatos Evangélicos
La sepultura