En los relatos Evangélicos

Los cuatro evangelistas coinciden en narrar el hecho de la sepultura al final de la larga y dramática narración de la pasión y muerte de Jesús, como preludio de su resurrección.
Tales relatos aseguran a nivel narrativo la continuidad entre la muerte y la resurrección, y en ellos se transparenta una atmósfera de serena esperanza tras la gran tensión que caracteriza a los relatos de la pasión.

En los cuatro evangelios encontramos la petición hecha a Pilato por José de Arimatea para recuperar el cuerpo de Jesús y el beneplácito de Pilato. Juan nos dice que Nicodemo llevaba una gran cantidad de mirra y áloe. Según los sinópticos, José preside el descendimiento y envuelve el cuerpo de Jesús en una sábana.
Juan anota que José y Nicodemo tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas junto con aceites aromáticos, según costumbre de los judíos.
Nuevamente, después todos los evangelistas reconocen la sepultura en un sepulcro nuevo excavado en la roca, perteneciente a José de Arimatea. El sepulcro se encontraba en un huerto cercano al lugar de la crucifixión y para entrar en el mismo había que hacer rodar una piedra.

En la escena están presentes las mujeres que han asistido a la muerte de Jesús ; siguiendo a Lucas, ellas son las que preparan los aromas y aceites perfumados, observando después el descanso del sábado. Los hechos se desarrollan rápidamente entre el ocaso del sol y la vigilia: se estaba haciendo tarde e iba a cogenza el reposo del sábado.

Los disípulos escondidos
La sepultura