Padre Corbo, el fraile arqueólogo del Santo Sepulcro

Padre Virgilio Corbo

Todavía tenía que descubrir la casa de Pedro en Cafarnaum, cuando en 1960 la Custodia de Tierra Santa encargó al “fraile buscador de los Lugares Santos” dirigir las tareas de excavación programadas para la restauración de las partes católicas de la basílica del Santo Sepulcro.

Después de tres años, en 1963, las tres Comunidades presentes en el Sepulcro lo eligieron arqueólogo de las obras efectuadas en las partes comunes, un encargo que duró 17 años siguiendo día y noche las obras y otros 2 años más para entregar a la prensa su monumental obra “El Santo Sepulcro de Jerusalén. Aspectos arqueológicos desde los orígenes hasta el período cruzado”.

Padre Virgilio Corbo llegó a la Tierra Santa con sólo 10 años desde su ciudad natal Avigliano, en los apeninos lucanos, como alumno del Seminario menor de la Custodia de Tierra Santa. Bajo la guía de padre Bellarmino Bagatti, durante la estancia obligatoria en Emmus el-Qubeibeh entre 1940 y 1943, p. Corbo realizó sus primeras experiencias en excavaciones arqueológicas intensificadas por los rastreos arqueológicos de los territorios adyacentes al monasterio, sede de la que los frailes podían salir una vez a la semana. El primer campo de investigación fueron los monasterios bizantinos del desierto de Judas sobre los que realizó la tesis para su licenciatura en el Instituto Pontifico de Estudios Orientales de Roma; tesis titulada “Las excavaciones de Khirbet Siyar el-Ghanam (Campo de los pastores) y los monasterios de los alrededores”, publicada después en el Collectio Maior dello Studium Biblicum Franciscanum en 1955. Sucesivamente, se dedicó a las investigaciones arqueológicas en el Monte de los Olivos, en un área al abrigo del Santuario de la Ascensión y en la Gruta de los apóstoles en el Getsemaní.
En 1960 comenzó su larga actividad como arqueólogo experto en el Santo Sepulcro, actividad que realizó junto con otras importantes investigaciones arqueológicas en la Fortaleza del Herodión (1962-1967) y en el Monte Nebo (1963-1970).

A partir de 1968, p. Corbo junto con p. Stanislao Lofredda, trabajó en el lugar que lo hizo más famoso, dirigiendo 19 campañas de excavaciones en el Lago Tiberiades, en aquella Cafarnaum que restituyó la casa de Pedro transformada en lugar de culto por los primeros cristianos, gracias al incansable trabajo de los hermanos.
Su fe franciscana en el Evangelio y su pasión por la arqueología estaban fundidas en un físico corpulento y un espíritu volcánico que siempre lo empujaban a la búsqueda de una autenticidad, que definía “histórica y moral”, de los lugares de la Redención.

Desde el prefacio a los tres volúmenes sobre el Santo Sepulcro se intuye el espíritu pleno con el que el fraile arqueólogo se acercó al lugar del Gólgota y a la Tumba vacía, “con la misma ansia de los Apóstoles”. “Aquí comenzó el peregrinaje de los Apóstoles y de las primeras mujeres, en el alba del día de la Resurrección. Aquí siempre ha arribado el peregrinaje de la Iglesia desde hace dos milenios. Aquí continúa incesante nuestro peregrinaje para volver a escuchar el mensaje angelical “ecce locus ubi posuerunt eum... non est hic. Resurrexit!”.

Si hoy podemos conocer las estructuras del Santo Sepulcro y no solamente los planos ideales, se debe a la competencia y a la gran pasión de p. Corbo, que con pericia y con “intuición de amor hacia Aquél que es la figura triunfante de este monumento”, hizo que fueran dóciles las fatigas del trabajo y la resistencia de los hombres.